La pecosa que está detrás de Pica

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Soy Sonia, la pecosa (literal) que está detrás de Pica. Soy una chica de pueblo. Nací y me crié en un #pueblitobueno, mi #pueblitobueno.
En las montañas asturianas. Tan pequeño que sólo tenía una tienda-bar.
Los sábados en verano subía el heladero y cuando aquella furgoneta
pitaba, salían niños de todas partes.
No
teníamos mucho y lo teníamos todo. Le echabas imaginación y un palo
podía ser un caballo o una espada o una pistola. Una pluma enganchada en
el pelo te convertía en indio. Una caja de fruta hacía de cuna para los
muñecos o de mostrador para una tienda. Un pasamanos era el tobogán
más divertido (y el rompehuesos más eficaz) y la rama de un árbol, un
columpio.
Me
habría gustado vivir siempre allí, pero en aquella época si querías
progresar tenías que irte tan lejos como pudieses. Mis padres querían que
progresase y yo, aunque no entendía qué era eso, también quería
progresar.
Total que me alejé de mi querido #pueblitobueno. Durante muchos años anduve por el mundo. Descubrí que es grande y conocí muchos sitios y a mucha gente. El tiempo pasaba, mi #pueblitobueno
se fue quedando sin vecinos y yo cada vez tenía menos tiempo para
volver a él.
Me casé con el #esposo y tuvimos a #laniña. Y a partir de ahí las cosas empezaron a cambiar porque esa personita se convirtió en mi prioridad.
Como
toda madre primeriza que se precie, estaba obsesionada con el correcto
desarrollo de mi hija. Leía libros y revistas especializadas en bebés,
donde se hablaba de la importancia de la estimulación temprana, del
contacto con las nuevas tecnologías, de favorecer la motricidad fina y muchas otras habilidades más.
(Si eres padre reciente seguro que sabes de lo que estoy hablando, y
si no, no voy a adelantarte por lo que vas a pasar. Porque fijo que vas a hacer
lo mismo, porque siempre vas a querer lo mejor para tu hijo).
Sus
primeros Reyes Magos le trajeron un juguete que venía muy
recomendado en las revistas que yo leía en esa época: un cubo
interactivo con el que podía practicar todas esas importantes habilidades. Era un
bebé de apenas 9 meses y recibió el regalo como todos los niños de esa
edad, con mucho interés los primeros minutos y luego con indiferencia. 
Pero
lo sorprendente fue que le gustó la caja donde venía ese juguete. No se
cansaba de jugar con ella, hasta el punto de tener que reforzarla con
cinta de embalar. Era de cartón, excepto un lateral de plástico con un
agujero para probar el producto antes de comprarlo. Le encantaba meter
cosas por él para luego sacarlas con sus manitas regordetas.
Y no sólo eso. Su
juego favorito a la hora de comer era yo hiciese carreras con
garbanzos, como si estuviese jugando a las chapas sobre la bandeja de la
trona. Muchas veces pasábamos el rato a oscuras en su
habitación jugando con la luz de una linterna y hubo una temporada en que cada vez que el #esposo llegaba a casa nos pillaba sentadas una a cada extremo del pasillo, lanzándonos unos calcetines hechos una bola mientras yo comentaba la jugada como un locutor de la radio y ella se partía de la risa.
Creo
que ahí fue donde comenzó a gestarse Pica Pecosa, cuando vi que por
mucho que los tiempos hayan cambiado, por mucho que hayamos progresado y por muy
modernos que seamos, los niños siguen necesitando poco para ser felices y
desarrollarse. De que menos es más.
Llegué
a la conclusión de que podía enseñarle valores a mi hija con esas pequeñas
cosas. Servían para pasar un rato entretenidas, sencillas de hacer y
con materiales muy simples, pero su mensaje iba calando poco a
poco (y sigue haciéndolo).
Reciclar,
transformar lo que ya no nos sirve en algo nuevo, pensar qué tenemos guardado que nos sirva para fabricar algo antes de lanzarse a comprarlo (en eso llevamos ventaja porque si algo tenemos en abundancia en casa, son trastos), ver que las
cosas que hacemos nosotros mismos tienen más valor. Mi hija me ve echar mano de la imaginación, salir del paso con
ideas más o menos peregrinas, pero que funcionan.
Esto
no quiere decir que haya conseguido erradicar el consumismo en mi hogar (tendrías que ver su carta a los Reyes Magos, va por tomos),
pero al menos tenemos una conversación antes de ir a la tienda. 
Y
muchas veces ella elige la opción que le ofrece Pica Pecosa, como
cuando prefirió que le personalizase unos cuadernos baratos, antes que
comprar los de Mr. Wonderful o que le hiciese los regalos que da a los
compis del cole por su cumpleaños (tendrías que haber visto sus caras cuando les regaló la planta metida en un bote) o el disfraz de bruja hecho con
bolsas de basura, o la casa de los
Playmobil con cajas de zapatos.
Pica
Pecosa nació de mi inquietud porque mi hija aprendiese a valorar las
cosas, a pensar por sí misma, a utilizar la imaginación, a no darse por vencida antes de intentarlo al menos una vez (o un millón, o las que hagan falta) y a considerar
que cada acción, por pequeña que sea, cuenta para cuidar nuestro
entorno.
Y
fue creciendo con el blog, el sitio donde comparto lo que vamos
haciendo porque siempre he pensado que si me ha servido a mí puede hacer lo mismo por otros padres que se encuentren en esa situación y tengan las mismas inquietudes.

Espero
que no esté lejos el día en se convierta en mi medio de
vida, porque ahora mismo es una parte muy importante de ella. No sólo
eso, es un miembro más de la familia, con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero sobre todo es la forma más eficaz que he encontrado para
transmitirle a mi hija aquellos valores que aprendí hace tantos años en
el #pueblitobueno.

En el tiempo en que vivimos es tentador dejarse llevar por la corriente con la excusa de que “es lo que hace todo el mundo”. No quiero que ella escoja la opción fácil y que vaya con el resto del rebaño, quiero que aprenda a tener criterio y a defenderlo y que sepa que las cosas cuestan, para que las valore.

La
madre Teresa de Calcuta decía “No te preocupes porque tus hijos no te
escuchen, ellos te observan todo el tiempo”.

Espero que la mía no pierda
detalle, y que la semilla que estoy sembrando crezca sana y fuerte.